Como ya has leído en el título, hoy toca un nuevo Genias Geniales, esa sección en la que exploramos la historia para conocer a artistas mujeres, recorriendo su contexto y su vida.
Hoy vamos a descubrir a Rosa Bonheur, una artista animalier, especializada en la representación de animales, que llegó a convertirse en una de las artistas más reconocidas y mejor pagadas de su tiempo.
Para ello, es necesario viajar a la Francia de principios del siglo XIX, un siglo de cambios y transformaciones políticas.
Ya han pasado varias décadas desde la Revolución Francesa. Después de eso, la monarquía se ha ido restaurando y derrocando en un vaivén constante de cambios de régimen, lo que ha provocado una gran inestabilidad en el país.
La estructura social ha pasado de ser una sociedad estamental a una sociedad de clases, en la que la posición económica empieza a tener más peso que los títulos, el apellido o el origen familiar.
A esto ha contribuido que Francia empieza a transformarse con la industrialización y, más adelante, con el desarrollo del ferrocarril. La expansión de la burguesía (formada por comerciantes, propietarios de negocios y otros profesionales) favorece una mayor movilidad social y económica, impulsando el crecimiento de las ciudades mientras las zonas rurales comienzan a transformarse lentamente.
Sin embargo, los cambios se desarrollan lentamente y el mundo rural sigue siendo muy importante. Gran parte de la población continúa viviendo en el campo y dependiendo de las actividades agrícolas. Al mismo tiempo, las ciudades empiezan a ganar protagonismo como centros económicos y las clases urbanas más acomodadas tienden a idealizar la vida rural. Esto explica el creciente interés artístico por la vida campesina, los paisajes y los animales, temas que serán fundamentales en la obra de nuestra Genia Genial de hoy.
En esta época se solapan distintos estilos artísticos y arquitectónicos: el neoclasicismo, con sus formas inspiradas en la Antigüedad clásica, y el romanticismo, con paisajes dramáticos y emociones intensas, dan sus últimos coletazos mientras que el realismo comienza a consolidarse como una nueva forma de representación de la realidad. Interesa la vida cotidiana, sin idealización.
Hay muchos cambios, sí, pero no para las mujeres, que siguen sin tener derechos políticos y cuyo acceso a la educación continúa siendo muy limitado, lo que dificulta su participación en la vida pública y profesional.
En 1822, en la Francia de los salones y los cafés, nace en Burdeos una artista que desafiaría muchas de las normas de su época y que haría historia en todo el mundo. Atenta, porque vas a flipar.
Rosa Bonheur creció en una familia profundamente ligada al arte. Su padre trabajaba como pintor paisajista y retratista, muy influido por las ideas de Saint-Simon, un pensador que defendía que la sociedad debía organizarse en torno al trabajo útil y el progreso, y no alrededor de los privilegios heredados. La madre, que tenía formación musical, murió cuando Rosa aún era muy pequeña.
En ese ambiente creativo crecieron también sus dos hermanos, Auguste e Isidore, que se dedicaron respectivamente a la pintura y a la escultura.
Nuestra artista, que ya de niña apuntaba maneras y no encajaba para nada en los roles femeninos tradicionales de su época, desarrolló desde muy pequeña una relación directa con el mundo animal y el dibujo del natural.
Cuando tenía ocho años, su familia se trasladó a París y allí Rosa Bonheur copiaba obras del Louvre y estudiaba dibujo con tesón y disciplina.
A medida que crecía, esa formación artística no reglada (recordemos que el acceso de las mujeres a la enseñanza oficial estaba muy limitado en esa época) se fue complementando con una curiosidad cada vez más intensa que la llevó a buscarse la vida para estudiar a los animales de cerca.
Visitaba mercados, granjas y mataderos. Analizaba su anatomía y su comportamiento. Este interés, casi obsesivo, la llevó incluso a asistir a disecciones en el Instituto Veterinario de París y a acudir como oyente a clases de anatomía veterinaria.
Esto no era moco de pavo, porque Rosa Bonheur era una mujer y su presencia en estos espacios no siempre era bien recibida. En algunos casos le limitaban el acceso con excusas bastante pobres, como que la ropa femenina inquietaba a las bestias o que su voz resultaba demasiado llamativa, y sin embargo, nunca desistió porque, para límites, el cielo.
Gracias a todos esos años de observación directa desarrolló una mirada extraordinariamente precisa que pronto empezó a llamar la atención en los círculos artísticos.
Sus obras destacan por un nivel de detalle impresionante: cada pelo de los animales, cada brizna de hierba o cada marca de labranza aparecen representados en sus cuadros con enorme naturalidad.
Estamos ya en la segunda mitad del siglo XIX y su obra La feria de caballos, de la cual os he hablado en un reels improvisado estos días y que podéis ver más arriba en esta publicación, marcó un antes y un después en su carrera. Durante años acudió dos veces por semana al mercado de caballos de París para tomar apuntes del natural y construir esta enorme composición llena de movimiento, tensión y fuerza, con el hospital de la Salpêtrière asomando al fondo de la escena.
Como curiosidad, existe una teoría bastante extendida y defendida incluso por la National Gallery de Londres, según la cual la propia Rosa se autorretrató discretamente en el cuadro, con el pelo corto y gorra, mirando directamente al espectador. Si queréis encontrarla, fijaos en una de las pocas figuras del cuadro sin bigote.
A partir de ese momento, su fama se extendió fuera de Francia y llegó incluso a llamar la atención de la reina Victoria, que adquirió algunas de sus obras para la corte británica.
Con el tiempo, y gracias a su éxito económico, Rosa Bonheur compró el Château de By, en Fontainebleau, un lugar rodeado de naturaleza que llenó de animales. Allí vivió durante décadas junto a su compañera Nathalie Micas.
Rosa llevaba el pelo corto, fumaba puros y vivía con una independencia poco habitual para una mujer de su época. Por eso, muchos contemporáneos la apodaron despectivamente “marimacho” o insinuaban que había “renunciado” a su feminidad para alcanzar el éxito artístico.
En 1857, con el argumento práctico de que necesitaba moverse con libertad y seguridad en mercados, ferias y zonas rurales donde estudiaba y pintaba del natural, solicitó una autorisation de travestissement, un permiso policial excepcional que le permitía vestir ropa masculina en el espacio público y que tenía que ir renovando cada seis meses.
Como veis, Rosa Bonheur tuvo que demostrar constantemente su valía en un entorno profundamente masculino.
Además de su trabajo como pintora, Rosa Bonheur estuvo vinculada a la formación artística de mujeres y dirigió entre 1849 y 1860 la École Gratuite de Dessin pour les Jeunes Filles en París, dedicada a ofrecer enseñanza artística a jóvenes que, en muchos casos, no tenían acceso a la educación oficial.
En 1865 recibe uno de los reconocimientos más significativos de su carrera al ser la primera mujer artista en ser condecorada con la Legión de Honor, un hecho extraordinario en una institución dominada completamente por hombres. Este reconocimiento consolida su posición como una de las grandes figuras del arte francés del siglo XIX.
A los 67 años, en 1889, Rosa Bonheur viaja a Estados Unidos. En este momento en Europa hay un gran interés por el imaginario del Far West, y el contacto con la cultura del Oeste americano despierta en ella un nuevo interés, especialmente por los bisontes, que empieza a incorporar en su obra, ampliando así su repertorio más allá del mundo rural francés.
En ese contexto entra también en contacto con figuras como Buffalo Bill, del que pintará un retrato.
Rosa Bonheur murió diez años más tarde, en 1899. Está enterrada junto a Nathalie Micas y junto a su última compañera, la pintora estadounidense Anna Klumpke, cerrando así una vida que desafió muchas de las convenciones sociales y artísticas de su tiempo.
En 2019, bajo el hashtag #UnaRosaParaElPrado, surgió una campaña de visibilización que puso el foco en la presencia de mujeres artistas en el Museo del Prado de Madrid.
Desde ese mismo año, su obra El Cid, en la que aparece un majestuoso león en primer plano, puede verse en la colección permanente y es una auténtica maravilla. Además, se trata de una obra especialmente curiosa y revolucionaria en su contexto por presentar a un animal como protagonista de un auténtico retrato.
Espero que te haya gustado este recorrido por la vida y la obra de Rosa Bonheur. Ojalá haber sabido transmitir todo lo que significa y lo que supone para nuestra historia una figura así.
Ella vivió, amó y trabajó como quiso, y además, como pintora, es una auténtica bestia parda del siglo XIX. Me parece un recordatorio de que solo hay una vida y de que merece la pena vivirla del modo que a una le haga feliz.
Personalmente la admiro muchísimo.
Tati Ayala
