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¿ESPIA-DI-QUÉ?

Mucha gente arruga el entrecejo cuando escucha el nombre de mi marca y me pregunta qué significa, si es una palabra inventada, si tiene algo que ver con el demonio…

Y reconozco que, si es una palabra que no has escuchado nunca antes, puede sonar un poco rara, larga y difícil de recordar. Yo misma, a día de hoy, todavía tuerzo un poco el hocico con ella, pero veréis, cuando sembré la primera semilla de este proyecto, tenía como quince o dieciséis años y no tenía ni idea de negocios, ni de nombres, ni de marketing.

Así que, déjame contarte una historia:

Cuando era una niña, lo miraba todo con ojos curiosos, y puesto que gran parte de mi infancia la pasé en casa de mis yayos – mis abuelos -, dediqué muchas horas a observarles. Mi mente grababa escenas sencillas y cotidianas, detalles que quería atesorar para siempre:

Mi abuela cantando mientras tendía la ropa al sol, sus manos hábiles trenzando el ganchillo, las rosquillas de azúcar y anís en el aceite caliente junto a la cáscara de una naranja… Y esa sensación de alegría cuando escuchaba la motillo de mi yayo subiendo la colina de regreso a casa, y yo ya salía corriendo a abrirle la verja.

Eran los 90, y en el patio, una televisión de tubo iluminaba nuestras caras en los veranos del Gran Prix. Mi yaya salía al patio con su delantal de retales, se movía como si bailara, y dejaba sobre la mesa el plato de tomate bañado en aceite y sal.

Su casa estaba rodeada por un patio y una pequeña huerta, donde mi abuelo, el señor Juan, cultivaba habas, calabacines, patatas y todo tipo de hortalizas.

Colindaba con la nuestra, así que inevitablemente pasábamos mucho tiempo allí.

En ese entonces, nuestra urbanización estaba aún por construir, con muchas parcelas vacías y pocas familias viviendo en ellas. La calle era de tierra, flanqueada por moreras, y no había demasiados coches, así que cuando hacía bueno, podíamos jugar en la calle sin peligro.

Fuera de mi entorno inmediato, era una niña muy tímida, casi invisible, que siempre estaba detrás de las faldas de su madre o de su abuela. En aquel entonces, el mundo ya me parecía extraño y difícil de comprender.

Para regar la huerta, mi abuelo construyó una balsa. Y en verano, esa balsa se convertía en nuestra piscina. Si estaba sola, podía pasarme horas jugando o dejando que mi imaginación saltase de una nube a otra, con la mitad del cuerpo dentro del agua y la cabeza apoyada sobre los adoquines color chocolate.

Me gustaba escuchar a los pájaros, mimetizarme con el entorno y ver cómo la quietud del agua atraía a los bichitos, al zumbido de las abejas y a los zapateros que se deslizaban hacia la superficie, ignorando mi presencia, invisible, esta vez por voluntad propia.

Sin saber por qué, me sentía conmovida al observar toda esa belleza cotidiana, y cuando las libélulas se posaban cerca de mí, pensaba en que eran tan delicadas como joyas de cristal, discretos vitrales en miniatura llenos de matices y magia.

Cuando crecí, descubrí que en catalán las libélulas se llaman espiadimonis, y en ese momento me pareció un trabalenguas musical, una especie de conjuro secreto que me transportaba a los mejores recuerdos de mi niñez.

Sé que ESPIADIMONIS es un nombre largo, raro y poco convencional. Pero cuando hice mi primer mercadillo con quince o dieciséis años y me preguntaron cómo se llamaba mi marca, me vino esa palabra a la cabeza y la solté sin darle demasiadas vueltas, sin tener ni idea de negocios, ni de nombres, ni de marketing.

A lo largo de los años, tanto mi proyecto como yo hemos cambiado muchísimo, y he pensado miles de veces en buscar otro nombre más corto, con más gancho, pero por alguna razón, la cosa se me resiste.

Sigo pensando que es un pequeño homenaje a esa parte feliz de mi infancia, a mis yayos y a la belleza de observar el mundo con calma.

Así que ahora que lo sabes, cada vez que escuches ESPIADIMONIS, espero que te transporte un poquito a esa magia que hay en observar las pequeñas cosas que nos rodean. Porque a veces, en la quietud, hay más vida y movimiento de lo que pensamos, y eso quiero transmitirte con cada pieza que imagino, diseño y coso en mi proyecto.

Si alguna vez te cruzas con una de mis creaciones, detente un segundo. Mírala como quien observa a una libélula posarse en silencio. Tal vez descubras en sus costuras una historia, una emoción, un detalle diminuto que te conecta con algo muy tuyo.

En ESPIADIMONIS no solo diseño objetos: creo pequeños recuerdos que te acompañan mientras sigues creciendo.

Tati Ayala

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