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Sobre exponerse

Hace muchos años, para un cumpleaños, mi madre me regaló una cámara de fotos. Era verde pistacho, de plástico, tenía una óptica fija y un visor simple. ¡Mi primera cámara de verdad! Lo recuerdo con mucha emoción porque era algo que deseaba con todas mis fuerzas.

Creo que desde entonces y hasta la entrada de los teléfonos inteligentes, acepté con gusto ser la fotógrafa oficial de cualquier evento o fiesta. Cuando era adolescente, siempre llevaba encima una Nikon compacta, una cámara digital pequeña y económica con la que hacía fotos a todas mis amigas.

Me fascinaba la idea de poder pausar un instante para siempre, capturar algo que no volvería a repetirse igual, convertirlo en el testigo palpable del paso del tiempo y de lo que fuimos una vez.
Quizá con esas fotos quería dejar pruebas de la fugacidad a mi yo del futuro, o simplemente me gustaba esconderme tras la cámara y observar mi entorno para contar historias pequeñas y triviales.

Cuando tuve mi primera cámara Réflex, aprendí sobre cuestiones más técnicas (velocidad de obturación, apertura de diafragma, ISOs)… también aprendí bastante sobre edición fotográfica. Lo hice a base de intuición, ensayo y error. Me parecía divertido porque era como jugar digitalmente a ponerle capas de pintura a un cuadro según quería resaltar su color, su oscuridad, su vibración…

Durante ese tiempo combinaba la fotografía digital con la analógica. Le echaba morro y en algunas tiendas de fotografía me regalaban los carretes caducados que les quedaban y experimentaba con ellos: los hervía, los mezclaba con vinagre, con sal, los dejaba al sol durante semanas… y así conseguía efectos imprevisibles sobre mis fotografías: entradas de luz, partes quemadas, texturas imprevistas

Todo lo que aprendía jugando, me iba genial para aplicarlo después a las fotografías de producto de mi marca, que entonces hacía dentro del piso en el que vivía y que, la verdad, tenía unas condiciones bastante limitadas tanto de espacio como de luz.

En aquel entonces trabajaba muchas horas y, aunque amaba lo que hacía, con los años me terminé agotando.

La fotografía, el dibujo y la escritura, que en un principio eran formas de comunicación y de expresión que amaba, cada vez se fueron convirtiendo en partes tediosas de mi trabajo. 

Sin embargo, últimamente, después de atravesar un montón de cambios y de poner mucho de mi parte, me apetece reconectar de nuevo con aquella Tati que tenía tantas cosas que crear, que descubrir y compartir. Ahora mi entorno es distinto, mi espacio de trabajo también, yo misma soy diferente… y todo esto se refleja en mi manera de interactuar con el mundo.

Sigo teniendo un negocio como creadora y una marca de la que quiero recuperar el timón. Quiero conectar con personas que disfruten de lo que hago en Espiadimonis y valoren cómo lo hago. Estoy dibujando mi propia hoja de ruta y afinando la brújula de la confianza.

Cuando volví a las redes sociales, me parecía que se habían vuelto mucho más aceleradas y agresivas, y pensé que quizá no había lugar para mí. Pero me equivoqué: últimamente he conocido a muchas creadoras que usan estas plataformas de forma auténtica y sostenible, y eso me ha inspirado a encontrar mi propia manera de expresarme en ellas.

Uno de mis objetivos ahora es perder un poco el miedo a “exponerme”, de ahí el título del episodio. Quiero atreverme más, y por eso he decidido recuperar este formato de “cartas escuchables”, que me permite acercarme a vosotras y aportar un tono más personal, algo así como un punto intermedio entre el texto y el vídeo.

Siento que ha llegado el momento de dejar de esconderme detrás de la cámara. Quiero divertirme, ponerle capas de color a este escenario en el que nos toca bailar y recuperar mi espacio en las fotos. Volver a disparar, entrenar mi mirada, grabarme a fuego que mi manera de ver el mundo y mi sensibilidad no son un error. Que ir a contracorriente no está mal, y que nunca es tarde para aprender, cambiar y recuperar las riendas de nuestra vida.

Nunca es tarde para empezar algo nuevo, para lanzarte, para retarte, para disfrutar de aquello que te arde por dentro y se te escapa por los poros. Ojalá este episodio nos sirva a las dos de recordatorio amable.

Tati Ayala

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