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CUENTO DE NAVIDAD

El año se ha ido marchitando y en este hemisferio los días han llegado a su parte más oscura y fría. La tierra se ha puesto en pausa y la naturaleza sigue un ritmo mucho más lento. Me imagino que después de la exuberancia de la primavera y del verano, se siente tan cansada como cualquiera de nosotras, y necesita un tiempo de descanso para poder florecer de nuevo. 

Estamos a punto de llegar al clímax de las fiestas navideñas, y no sé cómo las vives tú, pero yo siento que durante estos días transito en piloto automático entre la ilusión y el cansancio, la nostalgia y la gratitud, la alegría, el desasosiego…

Este es el último episodio de un año que para mí ha supuesto soltar para dejar espacio, catalizar. Me he despedido de algunas relaciones que me empequeñecían y he centrado mi energía en que otras mucho más nutritivas se transformen y florezcan. 

En casa también dijimos adiós a dos de mis abuelxs. Con el corazón agradecido de haberles podido disfrutar tantos años, pero no sin una buena dosis de nostalgia, he escrito y sonorizado un cuento corto que hoy quiero compartir contigo. Muchas cosas se nos han quedado en 2025, pero me gustaría inspirarte para ver el nuevo año con ilusión y optimismo. Ojalá te guste:

LA CASA NÚMERO 5

Hacía semanas que su casa olía a jengibre. El marido de Catalina era un bonachón goloso que disfrutaba con ese tipo de tradiciones. Durante los últimos cuarenta y nueve años, en la casa número 17 de la calle de las Amapolas, la Navidad se inauguraba a base de esa pasta horneada de harina, jengibre y mantequilla.

Ahora las cajitas de dulces tostados, se acumulaban sobre la mesa del comedor, como una ofrenda que nadie recogía ya.

Aquella tarde de diciembre, el silencio opacaba los cristales. Sentada en el sofá, Catalina seguía perserverante con la labor entre las manos: una larga bufanda roja que avanzaba despacio. La pena la ensimismaba y le volvía torpes los dedos, pero ella se resistía a dejarse arrastrar por la tristeza. Su gato Mazapán, dormía en su regazo, tibio y confiado.

El crepitar de la chimenea y la calidez del animal le fueron cerrando los ojos, sumiéndola en un sueño agradable que la envolvía como una manta. Las agujas avanzaron un par de puntadas más y luego se detuvieron.

Y entonces, en ese instante en el que una se encuentra entre el sueño y la vigilia, lo sintió: Un tirón suave. Otro. Otro.

El tejido se deshacía y la lana roja se deslizaba entre sus dedos como por arte de magia, avanzaba por el pasillo lentamente hasta colarse por debajo de la puerta.

Mazapán dió un brinco y Catalina se despertó. Desorientada, todavía tardó unos segundos en recordar dónde estaba. El olor a galletas recién horneadas la trajo de vuelta, y aún medio dormida, caminó hasta la cocina.

En la encimera, varias galletas de jengibre con forma de muñeco habían cobrado vida y se movían como un pequeño equipo de obreros, envueltos en luces de colores que flotaban en el aire. Unos volcaban la harina, otros batían la mantequilla…

La mujer parpadeó perpleja y tras unos segundos de estupefacción, se tapó los ojos con ambas manos y los cerró con fuerza.

Cuando los abrió de nuevo, la cocina estaba como siempre: ordenada, silenciosa, inmóvil.

Solo el horno encendido y el inconfundible aroma dulzón persistían. Dentro, una bandeja dorada y perfecta esperaba a ser sacada. Sonrió, todavía incrédula, y colocó las galletas en su caja favorita.

Al regresar al comedor, se detuvo un instante para observar a Mazapán. El gato jugueteaba divertido y curioso con el extremo de un hilo rojo que asomaba por la ranura del buzón de la puerta de entrada.

Miró por la mirilla y no vio nada extraño. Abrió la puerta y asomó la cabeza, pero solo encontró la calle fría, iluminada por las luces de Navidad que destellaban suavemente sobre la nieve. A sus pies, la lana roja bajaba acera abajo, recta como una promesa.

La mujer sintió un impulso que al principio se le hizo extraño. Por primera vez en muchos meses, una sonrisa se dibujó en su rostro mientras apretaba la caja de galletas contra su pecho, y un cosquilleo le recorrió las venas hasta estallar en su corazón. Tras inhalar profundamente y tragarse el vértigo, dio un paso decidido y salió.

Saludó a los vecinos del número 12, deseó felices fiestas a la niña que jugaba en la acera y siguió el hilo rojo hasta detenerse frente a la casa número cinco.

La lana entraba por la rendija del buzón y, cuando Catalina se inclinó para estirarla, la puerta se abrió de golpe. Una mujer sonriente la recibió con un abrazo, arrebatándole la caja de galletas y agradeciéndole los dulces.

La música, las voces, las luces y el aroma a sopa y pan recién hecho invadieron sus sentidos y Catalina se dejó arrastrar por aquella calidez inesperada.

Dentro había otras mujeres, todas con la misma expresión en la que ella pudo reconocerse. Le hicieron hueco entre suaves empujones. Alguien puso una copa entre sus manos mientras otra proponía un brindis. Ella alzó la copa con manos temblorosas, y entonces… Despertó.

Recostada en el sofá, palpó confundida el tejido polar de su pijama y reconoció la labor roja en su regazo, intacta. Mazapán se estiraba perezoso encima de sus piernas mientras todo parecía estar en su lugar natural. Catalina volvió a la realidad todavía sintiendo el eco de su último sueño. Una resolución antigua la invadió de golpe, ayudándola a moverse con más ligereza.

Se levantó y caminó por el pasillo, se miró en el espejo del baño y se pellizcó las mejillas suavemente hasta que se convenció de estar despierta. Se peinó con un gesto hábil y familiar, se puso una perla en cada oreja y casi sin proponérselo, se pintó en el rostro su añorada sonrisa.

Se abrigó y abrió la puerta. El frío le impactó en la cara para despejarla del todo y súbitamente retrocedió unos metros para coger una caja de galletas, la que tenía estampados copos de nieve y renos danzantes.

Respiró hondo, y aunque dudó una milésima de segundo, con una determinación nueva echó a andar calle abajo. Al llegar al número cinco, carraspeó suavemente y pulsó el timbre.

La puerta se abrió y entonces los villancicos, las risas y el aroma a turrón casero la envolvieron. Catalina se dejó llevar por la familiaridad de ese hogar mientras su amiga de toda la vida la tomaba del brazo y le decía con afecto: No sabes cómo me alegro de que hayas venido.

Y a ti, amiga, gracias por haber venido hasta aquí y haberme acompañado. Tu cercanía es una mano que me anima a seguir mi intuición y a seguir creando a mi manera.

Me gustaría que ahora que queda tan poquito para cerrar el año, tu también pararas un momento para felicitarte por todas las cosas que has conseguido, y también por todas aquellas que te has atrevido a intentar. Estoy segura de que tienes muchos motivos para sentirte orgullosa de ser quién eres.

Recuerda que las alegrías no siempre vienen en un paquete perfectamente envuelto y que a veces son valiosas precisamente por su cotidianidad y su imperfección.

Antes de despedirme de ti hasta después de fiestas, quiero decirte que ha sido un placer crear el Club de las Cinco y que agradezco de corazón que hayas estado al otro lado apoyando mi trabajo. Atreverme a compartir mis escritos y reflexiones en voz alta es un paso importantísimo para mí… y me felicito por haberme mantenido constante y firme.

Permíteme que haga mención especial a Riki, mi compañero de alegrías y desdichas, que ha tenido la paciencia de ayudarme a regañadientes a que la versión escuchable de este episodio suene un poquito mejor.  

Me despido de tí hasta el 12 de enero. Espero que puedas vivir todo lo que traen estas fechas con la calma que necesitas, y que en la medida de lo posible, un toque de ilusión te invada por dentro.

¡Felices fiestas, feliz año nuevo! 

Tati Ayala

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