0
Tu carrito

LA GRATITUD COMO PRÁCTICA

Desde que empezó el año, he estado pensando mucho en lo que supone realmente estrenar un nuevo calendario. ¿Es la oportunidad de empezar algo desde cero? ¿Es continuar desde otro lugar, recapitulando lo aprendido durante los últimos doce meses? ¿Es seguir con lo mismo, dentro de un acuerdo silencioso que nos permite sentir que algo empieza, aunque nada haya cambiado?

Me siento extraña y a la vez ilusionada, como si estuviera habituándome a unas gafas nuevas que me ayudan a mirar distinto y lo vuelven todo de un color especial.

En los últimos años, mi visión sobre el futuro ha sido bastante pesimista y el resto del tiempo, estaba demasiado ocupada sobreviviendo, esperando a que llegara la siguiente pantalla, imaginando como sería el próximo monstruo. Protegiéndome en cada cambio y tratando de anticiparme a cada incertidumbre.

Si alguna vez te has sentido así, viviendo batalla, tras batalla, tras batalla durante un largo tiempo y sosteniendo el malestar durante meses o años, sabrás que en esas condiciones se vuelve muy complicado pensar con claridad.

Pero como te decía, este año me tiene ilusionada. No he descubierto ningún método milagro, ni me ha tocado ninguna varita mágica. Lo que ha ocurrido es que después de llegar al límite, después de llegar a lo más hondo, o me desvanecía del todo o me reconstruía entera. Después de dar unos cuantos coletazos, elegí trabajar en recomponerme, aprendiendo a confiar en el proceso y aceptando que los cambios duraderos nunca son inmediatos.

Ahora que empiezo a ver los resultados, tengo una estrellita pequeñita pero firme (que cantaría Robe), de esperanza por todo lo que está por venir. Entre muchas otras cosas, estoy resignificando la gratitud, o mejor dicho, lo que hasta hace poco había sido para mí la gratitud, y me doy cuenta de lo difícil que es cambiar las creencias que se han ido forjando dentro nuestro a lo largo de toda una vida.

Por si te sirve, voy a compartir una herramienta que yo empecé a usar el año pasado para resignificar, como te decía, el agradecimiento y convertirlo en un hábito diario.

Verás que es algo bastante sencillo y accesible. Yo le llamo “MI DIARIO ILUSTRADO”, y el nombre representa bastante bien lo que hago en él cada día desde hace nueve meses, que es básicamente eso: dibujar a diario algo que he vivido y que agradezco.

Se trata de un cuaderno grande que tenía por casa, de esos con páginas blancas cosidas por el centro y tapas duras negras, como los que muchos artistas usan para hacer bocetos. Al principio de cada mes, en cada doble página dibujo una especie de calendario vacío o parrilla: arriba dejo una fila abierta para escribir el nombre del mes en grande, y debajo completo la página con recuadros de unos 4 × 5 centímetros. En cada recuadro coloco el número correspondiente, igual que en un calendario convencional.

Creo que el tiempo que me reservo cada principio de mes para hacer esta parte es una especie de meditación. Me concentro en medir, en encajar todo, en escribir el mes con letras resultonas, en poner los números con cuidado. Me pongo algún podcast de fondo, música o simplemente me quedo en silencio, escuchando los sonidos del ambiente, y la verdad es que es muy agradable tener ese tiempo de pausa y tranquilidad. Lo veo como un espacio de autocuidado y siento que es algo que me ha hecho mucho bien.

¡Por cierto! Si os apetece que algún día comparta algunos de los podcasts que suelo escuchar, o si tenéis algún programa para recomendarme, decídmelo: siempre reviso vuestras recomendaciones.

Volviendo a mi diario ilustrado: la segunda parte del hábito es dedicar un ratito cada día, por la mañana o por la noche, a pensar en algo que agradeces de ese día y plasmarlo en el diario. Yo lo hago por la mañana, así que suelo recordar un momento del día anterior y luego lo enmarco con un color que refleja mi estado de ánimo. Uso verde, amarillo, naranja y rojo: verde para los días más positivos, amarillo y naranja para los intermedios, y rojo para los días que me resultan más difíciles o pesados.

Este gesto tan sencillo me ha traído un montón de beneficios. El más evidente es que me obliga a mirar cada día con atención y a reconocer, entre todo lo que pasa, algo por lo que me siento agradecida, y te das cuenta de que siempre hay algo que agradecer. Siempre.

Ha habido días que han sido un desastre y, aun así, en mi dibujo he plasmado gratitud por cosas pequeñas como que mis gatitos se queden pegados a mí, que del rosal de la abuela haya crecido una rosa… Otros días, los días han sido más satisfactorios, e incluso me ha costado elegir un solo momento.

Decidí usar un color cada día porque tengo muchas fluctuaciones de ánimo, y eso me obliga a observar mi energía, calibrarla y a identificar si estoy cerca de una crisis. Puedes usar los colores con los que te sientas más identificado/a, o no usar ninguno. De la misma manera, en lugar de un dibujo, puedes dejar una frase, un trozo de canción, una foto, un collage o un popurrí de todo ello. Al final es tan creativo, personal y libre como nosotras queramos que sea.

Al final del mes, cuando todo está plasmado de manera tan visual, te das cuenta de que incluso puedes llegar a  reconocer patrones y ver cómo cambian los estados de ánimo a lo largo del tiempo, de las épocas de más trabajo, del momento del ciclo menstrual en el que estás (en el caso de que menstrues), de las estaciones…

Por eso te hablaba antes de confiar en el proceso: siento que muchas de estas cosas funcionan como un músculo, y que para ver resultados hace falta constancia y paciencia. 

Estos días, al mirar todo el año que hemos dejado atrás en su conjunto, ha sido como ver un álbum de fotos con partes de mi intimidad, de mi vida social, de mis logros… 

Ahora, con perspectiva, puedo identificar en qué meses se concentraron las semanas más calmadas, las más movidas, las más difíciles… y haber sido capaz de sacar algo positivo a cada día vivido, ha cambiado mi cerebro literamente.

Y eso no es algo que diga yo, lo respalda la neurociencia: practicar la gratitud a diario activa regiones cerebrales relacionadas con las emociones positivas, refuerza esas conexiones y reduce la actividad de la amígdala, que vive muy activada y estresada ella. Yo veo este tipo de prácticas como si fuera meter a nuestro cerebro en un gimnasio.

En definitiva, yo creo que agradecer, nos vuelve más agradecidos.

Cuéntame si tú también tienes alguna práctica similar, un truco que te ayude a ser constante, o algún propósito que quieres hacer realidad este nuevo año.

Por mi parte, voy a seguir haciéndolo durante este 2026, y seguiré introduciendo hábitos y propósitos poco a poco, sin estresarme y sin machacarme si algún día no cumplo.

Tati Ayala

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *