El titular de hoy podría ser algo así como.. El año que preparé una campaña de venta para la colección de móviles de pajaritos y se me fue de las manos.
No sé si conoces los móviles de pajaritos que hago en Espiadimonis. Se trata de una colección de piezas únicas que confecciono solo una vez al año, para primavera. Cada pieza está cosida a mano y va acompañada de una postal exclusiva, una tarjeta con el número de pieza firmada y un texto que explica por qué quien lo recibe es tan especial.
A principios de 2023, mi perfil de Instagram era nuevo y tenía muy poquito público. Para que la nueva colección llegara a más personas, preparé varios vídeos en los que mostraba los pajaritos, el proceso creativo, los valores que quería transmitir. En resumen: hice una campaña de venta pequeñita, humilde y orgánica, sin publicidad de pago.
Y ocurrió lo último que esperaba: mi contenido se hizo viral. Mis publicaciones y reels empezaron a dar la vuelta al mundo y mi trabajo llegó lejos, mucho más de lo que jamás había imaginado. Decenas de miles de visualizaciones, centenares y miles de likes… y yo al otro lado de la pantalla, abrumada y sin saber gestionarlo.
Quise adaptarme y explorar nuevas opciones, pero las cosas no salieron como esperaba. Además, ya llevaba tiempo arrastrando problemas de salud, y al final mi cuerpo decidió bajar la persiana por mí. Abandoné Instagram y no volví a publicar hasta finales de 2024.
Después de tanto tiempo de ausencia y de falta de constancia, mi perfil quedó enterrado entre miles de cuentas y cuando volví a publicar, no me respondió ni el eco.
Lo que ocurrió es bastante sencillo de entender: después de tantos meses, muchas personas que me seguían habían dejado de estar activas y otras, directamente, ya ni se acordaban de quién era yo. Además, el algoritmo de Instagram ya no tenía información reciente sobre mi trabajo ni sobre a quién debería mostrárselo, ni yo tenía ni idea de como jugar mi partida con tantos cambios sobre el tablero.
Así que, en resumen y aunque parezca contradictorio: después de hacerme viral, casi desaparezco.
Cuando volví, mis stories llegaban a apenas 40 personas en una comunidad de 15000 personas, y me frustraba tanto, que pensé en borrar mi perfil y empezar de cero. Finalmente opté por sanearlo y empecé a reducir seguidores, oculté publicaciones antiguas y diversifiqué mi presencia en redes. Aprendí algo importante: apostar todo únicamente a Instagram es un riesgo, y lo más sensato para cualquier proyecto es no depender de una única plataforma, y menos de una tan voluble.
Al principio, ver cómo bajaba mi número de seguidores me dolía, mi ego asociaba cantidad con presencia y credibilidad, pero mi voz interna me recordó algo esencial: estaba haciendo lo que mi cuerpo y mi mente necesitaban.
Tengo claro que prefiero un espacio pequeñito y confortable, donde las personas que lleguen estén cómodas, antes que una gran sala bulliciosa, llena de gente que no sabe por qué está ahí o que se siente como un cactus en una piscina.
Mi objetivo en redes no es acumular cifras, sino construir comunidad, aportar valor y conectar con personas a las que realmente les interesa lo que hago.
Intento cuidar a mi comunidad, a mi entorno y a mi proyecto, pero para eso tengo que cuidarme a mí misma y respetar mis ritmos.
Me apetecía compartir esta experiencia porque muchas veces nos encabezonamos en tener más seguidores, más likes, más números… Pero esa notoriedad, esa validación, esa relevancia e incluso esa sensación de éxito me parecen algo falso y vacío si no hay una comunidad real. Siento que a veces perdemos de vista cuál es nuestro verdadero objetivo y cuando tienes un negocio, crecer a lo loco en redes sociales no siempre es lo más sensato ni lo más sostenible.
En mi caso, durante aquella campaña de 2023, mi contenido llegó lejos, pero yo no estaba preparada para adaptarme a la inmediatez que precisaba el momento, ni tenía la capacidad para sentirme merecedora del «éxito».
Tuve un golpe de suerte que no pude o no supe aprovechar, y finalmente, no se convirtió en ventas que me beneficiaran en la cuenta corriente, pero me trajo unos aprendizajes que a día de hoy tengo muy presentes y que he querido compartir contigo.
En casi todo, la calidad siempre es más importante que la cantidad, y eso intento recordarme a menudo. Así que retorno a mis orígenes, a trabajar lento y a crecer poco a poco y sin sacrificar mis principios. ¡Gracias por acompañarme!
Tati-Ayala
