Antes de seguir con la segunda parte del artículo, quería contaros que cuando empecé este proyecto me marqué varios objetivos y el de máximos era que llegáramos a ser 150 personas suscritas al podcast en Spotify antes de terminar la temporada.
Pues bien, a fecha de julio de 2026, ya hemos sobrepasado esa cifra. Así que antes de cualquier otra cosa, quería daros las gracias. Gracias por escucharme mientras cocináis, conducís, paseáis al perro, emparejáis calcetines o simplemente necesitáis un ratito de compañía.
Este proyecto todavía es pequeñito, pero ya tiene algo muy valioso: su comunidad.
Sin más dilación, seguimos hablando de cuidados acompañadas por nuestra invitada Elena Gastó, trabajadora social y directora de una residencia de personas mayores, especializada en Atención Centrada en la Persona, con la que seguiremos poniendo el foco tanto en la dignidad de quien recibe ayuda como en el bienestar de quien cuida.
En una situación de enfermedad temporal este rol suele estar más acotado en el tiempo, pero cuando hablamos de una persona con demencia o con una gran dependencia, esa realidad puede prolongarse durante muchísimos años.
En el artículo anterior hablamos de culpa y de límites y hoy me gustaría ir un paso más allá y hablar también de cómo no perderse a una misma dentro de ese papel que a veces no queda más remedio que asumir.
3. Le he preguntado: ¿Cómo lo haces para no perder tu propia identidad, tu propia vida, tu propia cordura en una situación tan inestable y en la que quizá no exista una mejoría?
Es una enfermedad neurodegenerativa y eso significa que avanza sin posibilidad de mejoría. A día de hoy no existe ninguna cura para ninguna de sus variantes: ni para el alzhéimer, ni para la demencia vascular, ni para ningún otro tipo de demencia. Existen algunos fármacos que, de alguna manera, consiguen enlentecer la aparición o la progresión de los síntomas.
Trabajar sobre la sintomatología y ralentizarla está bien, pero eso no significa que el cerebro haya dejado de seguir su proceso de deterioro. Son tratamientos que deben administrarse en momentos muy concretos, en fases muy iniciales y en pacientes muy específicos. Tampoco sirven para todos los tipos de demencia, entonces, el panorama es complicado. Si la enfermedad de la persona a la que estoy cuidando no tiene cura, ¿cómo afronto esta situación?
Pues mira, yo creo que ninguna de nosotras somos las mismas en todos los momentos de nuestra vida. Nuestra esencia permanece, sí, pero nuestra identidad va cambiando de forma inevitable, porque evolucionamos. La cuestión está en cómo vivimos y gestionamos esa evolución. Es un poco como cuando llegan mujeres agobiadas y me dicen: «Es que ya no hablo con mi padre, ya no le reconozco…».
Y claro, en cierto modo es otra persona. La demencia ha transformado profundamente su manera de ser y de relacionarse. Pero, al final, todas las personas cambiamos con el tiempo; en este caso, ese cambio simplemente es mucho más brusco y evidente.
Porque la esencia más profunda sigue estando ahí, pero la forma en la que nos relacionamos con quienes nos rodean evoluciona constantemente. Cambiamos nosotras, cambian los demás y cambian también los vínculos que construimos con las personas a las que queremos.
Distanciarse de algunas personas forma parte de esta evolución natural, incluso separarse de ellas y encontrar otras nuevas. Claro, cuando el vínculo familiar y emocional es tan bestia, no se da nunca esa ruptura, entonces es un viaje complejo.
Pero, si tienes claros esos límites de los que hablábamos en el episodio anterior y cuentas con herramientas para volver a ti, a esa versión de ti misma con la que te sientes cómoda, identificada y en paz, todo resulta mucho más fácil.
Todos hemos pasado por momentos vitales a los que no volveríamos y por otros a los que sí. Y a veces ni siquiera volveríamos a los momentos más felices, sino a etapas más sencillas, más alineadas con cómo nos sentíamos nosotras.
Yo, por ejemplo, mi maternidad (mi triple maternidad) fue uno de los momentos más felices de mi vida. Pero a esa versión de mí no sé si querría volver, seguramente no. Había muchísimo amor, pero no era una versión estable de mí. Mi identidad seguía estando ahí, en el fondo, pero en ese momento yo era, sobre todo, mamá de.
Ahora, en cambio, sigo siendo mamá, por supuesto, y sigo siendo hija, y sigo siendo jefa, y sigo acompañando a un montón de mujeres. Pero quizá esta es la Elena a la que vuelvo, con la que me reconozco. Y también hay que abrazar que esto no va a ser perfecto, que a veces nos vamos a perder. Y saberlo.
La información, al final, es poder. Saber todo esto nos permite reencontrar el camino cuando nos perdemos. Porque siempre existe un camino de vuelta a casa, de vuelta a quienes somos y de vuelta a cuidar desde el lugar desde el que hemos decidido hacerlo.
Eso nos permite ir a dormir cada día en paz y, cuando esa persona ya no esté poder pensar: “Ha sido perfecto, porque yo he decidido vivirlo así”. No he podido elegir las circunstancias pero sí he elegido cómo quería afrontarlas.
Esa paz, de verdad, no os la podéis ni imaginar. Yo la he visto muchas veces en familias y es una auténtica maravilla cuando sucede.
Tiene todo el sentido. Al final, una persona que ha trabajado su autoestima, ha aprendido a poner límites y cuenta con información de calidad dispone de más herramientas para afrontar situaciones difíciles, como acompañar a alguien que necesita cada vez más apoyo. No evita el desgaste, pero sí puede hacer que ese proceso sea más consciente y sostenible.
Como siempre que tenemos a una persona experta en el podcast, he aprovechado para pedirle a Elena algún consejo o sugerencia que nos ayude a sobrellevar mejor la situación de la que hablamos, y que así tengamos herramientas para pasar de la teoría a la práctica.
4. En este caso, como personas cuidadoras, ¿a qué señales deberíamos estar especialmente atentas para darnos cuenta de que el ejercicio del cuidado nos está pasando demasiada factura y qué consejos de autocuidado nos darías para poder sostenernos en el tiempo sin llegar al agotamiento?
A mí no me gusta dar tips. Para eso ya tenemos a ChatGPT, a Claude y a otras IAs que son maravillosas. Al final, tú puedes preguntar: «Oye, mi madre tiene demencia y no quiere comer, ¿cómo puedo gestionar esta situación?», y ChatGPT te va a dar una respuesta.
El problema es que son consejos muy genéricos. Es un poco como hablar de medicación. Jamás me vais a oír decir el nombre de un fármaco. Primero, porque no soy médica ni neuróloga. Y segundo, porque cada persona tiene unas características y unas necesidades diferentes. Si no damos recomendaciones generales sobre medicación, tampoco deberíamos hacerlo con herramientas o tips.
No estoy diciendo que una herramienta concreta no pueda ser útil. Por ejemplo, si una persona con demencia está deambulando mucho y por el motivo que sea, necesitas que se detenga, una de las primeras cosas que puedes hacer es buscar el contacto visual. Normalmente, cuando hay contacto visual, la persona se detiene.
Pero fíjate en que eso es un tip, un parche. Y el problema de los parches es que nos ayudan a resolver una situación puntual, pero no ofrecen una respuesta integral. No al problema de la demencia, sino a cómo yo vivo esa realidad como cuidadora.
En cuanto a las señales sobre las que me preguntas, yo creo que para cualquier persona que esté escuchando este podcast justamente si en algún momento ha sentido culpa por cómo está gestionando los cuidados, esa es la primera señal, el cuidado bien llevado y bien hecho desde esta posición que yo planteo, no lleva culpa.
No digo que un día puntual no sientas culpa, sino de la culpa constante que invade a las cuidadoras. Si sientes culpa recurrentemente, ya tienes un indicador importante.
Luego puedes hacerte preguntas muy sencillas. Por ejemplo: el día antes del diagnóstico de demencia de mi padre o de mi madre, ¿cómo era mi vida?
Pues yo quedaba una vez al mes con mi marido para salir a cenar. ¿Lo sigo haciendo? Sí. Vale, perfecto.
O hasta el día antes del diagnóstico yo era una persona muy maniática con el pelo. Iba siempre teñida y no dejaba pasar más de tres semanas sin ir a la peluquería porque no soportaba ver la raíz. ¿Lo sigo haciendo?
Pues tal vez ahora ya no lo haces, y cuidado, porque llevas treinta años haciéndolo cada tres semanas. No es casualidad que ahora hayas dejado de hacerlo. No lo minimices solo porque pueda parecer una tontería. Para ti era importante.
Y esto puede empezar por cosas muy pequeñas o puede irse a cuestiones mucho más profundas. Esas cosas que antes hacías y no eran negociables, ahora han empezado a ser negociables y una vez identificadas podemos analizar hasta por qué.
Entonces, esa sí me parece una herramienta importante. Aunque también te digo una cosa: creo que hay muy pocas personas en este planeta capaces de gestionar esto completamente solas.
Y no hace falta llegar a perderse en el rol de cuidadora. No hace falta esperar al agotamiento, a la pérdida de identidad o a romper con todo tu entorno para pedir ayuda.
Una mujer que quiere hacer bien las cosas, tanto por ella como por la persona a la que cuida, toma acción. Y tomar acción, muchas veces, significa pedir ayuda.
Creo que contar con un profesional con experiencia es muy necesario. Pero también creo que eso tiene que ir de la mano de compartir el proceso con otras mujeres que están viviendo una situación parecida a la tuya.
Por eso, de todos los servicios que ofrezco, el acompañamiento grupal es, para mí, el más importante. De hecho, creo que debería ser casi una asignatura obligatoria y, ojalá, estuviera incluido dentro de la Seguridad Social.
Creo que es muy sano relacionarte con mujeres que están viviendo una situación como la tuya, pero hacerlo en un espacio seguro. Y no me refiero solo a la confidencialidad, sino a que sea un espacio guiado por una profesional —que, en este caso, sería yo— que lo modere.
No se trata de convertirlo en un lugar donde simplemente vomitamos nuestro dolor y nos quedamos ahí, retroalimentando lo negativo. Todo lo contrario. Se trata de tener un espacio donde podamos acoger todo lo que nos está pasando, reconocer que sí, que duele, que pesa y que pasa mucho, pero también preguntarnos: «¿Y ahora cómo gestiono todo esto?».
Ahí es donde, para mí, ocurre el verdadero cambio.
Es que tenemos que pedir ayuda. Esto es como alguien que quiere hacer una dieta: puede intentarlo por su cuenta y seguramente consiga algunos resultados. Pero dependiendo de lo que necesite, llegará un momento en el que hará falta una nutricionista que le indique el qué y el cómo.
O piensa en una infección de orina. Yo sé reconocer cuándo tengo una porque conozco mis síntomas, pero necesito que un médico lo confirme. Y, si además son recurrentes, habrá que valorar si hay algo más detrás.
Con el cuidado pasa exactamente lo mismo. Creo que también es una cuestión de responsabilidad. Al final, son mujeres que quieren cuidar, quieren cuidar bien y quieren cuidar mucho. Y por eso es tan importante dejarse acompañar.
Es lo que decía cuando empezábamos esta conversación: qué importante es trabajarse una misma para que la consecuencia sea tan bonita que no solo te beneficie a ti, sino también a esa persona a la que tanto quieres y a la que has decidido acompañar y cuidar desde el amor.
Por supuesto, si alguien necesita asesoramiento, apoyo o le ha surgido alguna duda a raíz de esta conversación, estaré encantada de ayudarle, de compartir y de acompañarle en este proceso.
Y, de nuevo, muchísimas gracias por dar espacio a un tema tan importante como son esas mujeres maravillosas que aman y que, precisamente desde ese amor, acompañan y cuidan.
Espero que entre las dos hayamos conseguido transmitirte una idea importante: cuidar de otra persona empieza por aprender a cuidarnos también a nosotras mismas.
Muchísimas gracias a Elena Gastó por habernos acompañado durante estos dos episodios y por compartir con tanta generosidad su experiencia, su conocimiento y esa mirada tan humana hacia las personas que cuidan.
Si sientes que ha llegado el momento de pedir ayuda o quieres seguir aprendiendo sobre este tema, te dejo el contacto de Elena más abajo.
Y si crees que este reportaje puede ser interesante para alguien de tu círculo, no dudes en compartirlo.
Tati Ayala
