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RECONSTRUYÉNDOME DESPUÉS DE LA DEPRESIÓN

Cuando nos mudamos al sitio en el que vivimos ahora, estaba completamente al límite de la cordura, en una depresión muy grave. De hecho, si intento recordarlo, lo veo todo borroso… como si otra persona, y no yo, hubiera hecho las cajas, cargado, limpiado, pintado. En ese momento no tenía ninguna capacidad para ilusionarme ni para apreciar el enorme logro y privilegio que supone vivir en un espacio tan maravilloso y prometedor. Aunque llevaba años necesitando ese cambio, estaba completamente quemada y era incapaz de disfrutarlo.

Cuando vi nuestra casa por primera vez, me enamoré de la luz. Tiene muchísimas más cosas buenas, pero yo, en ese momento, era como una polilla y estaba cegada y obsesionada con la luz, solo pensaba en como hacer las habitaciones más grandes y luminosas. Creo que esto no lo he contado antes, pero cuando estaba muy, muy mal, soñaba y me refugiaba en un pensamiento recurrente: me imaginaba en una cabaña de troncos, en medio del bosque, donde por las mañanas me bañaba en la luz del sol como quien se mete en la ducha. Era como un pensamiento ancla, un anhelo muy, muy fuerte. Me he agarrado mucho a la imaginación y a la fantasía para sobrevivir, de hecho tengo una lámina en la que dibujé esa cabaña.

Bueno, como en ese momento no estaba para tomar grandes decisiones y solo quería espacio, amplitud, limpieza y luz, pintamos todas las paredes de blanco.

El blanco es un color que refleja mucho la luz y aporta neutralidad, usado en una medida adecuada es refrescante. En aquél momento, un entorno blanco combinado con la calidez de la madera natural era todo lo que mi cerebro quería. En ese momento, el horror vacui de mi vida anterior me había vuelto minimalista, al menos temporalmente.

Otra cosa de la que me percaté con la mudanza, es que mi armario, era un cúmulo de prendas negras y oscuras. La verdad es que a mí el color negro siempre me ha gustado, me parece un color muy interesante pero siempre lo había combinado con prendas de colores, estampados animal print, rayas. En mi tierna juventud, no era alguien que pasara desapercibida y, sin embargo, había pasado de ser la Heidi de los Alpes a ser la Heidi en Frankfurt. Toda la ropa que usaba era oscura como una sombra, como una metáfora de quién era yo y de cómo me sentía en ese momento de mi vida.

Cuando sales de una depresión tan larga y severa, de un burnout tan agotador y devastador, hay muchas cosas complejas que comprender. Como en un proceso de duelo, tu vida se ha parado en la más absoluta oscuridad mientras el resto del mundo ha seguido girando. Pese a tu largo y tedioso proceso de invernación y recuperación, la vida ha seguido adelante: tus amigas han tenido criaturas, has perdido el contacto con gente a la que querías, algunas relaciones se han roto, el mundo ha seguido patas arriba, las reglas del mercado han cambiado, las facturas han seguido llegando. Y después de esa larga siesta, sales a la superficie, todavía resacosa, todavía con las legañas y el cuerpo encarcarado, y no entiendes absolutamente nada. ¿En qué momento he envejecido tanto? ¿Cuántos cumpleaños me he perdido? ¿Queda ahí algo de lo viejo conocido a lo que agarrarme?

Definitivamente, salir de una depresión severa requiere volverte a encontrar en el mundo. Como un animal que ha dejado atrás su pesada y vieja piel, ahora estás desnudo/a, como un recién re-nacido. La pregunta que me martillea en la cabeza es: ¿Quién soy yo ahora, después de todo?

Después de superar el enfado con quien me maltrató cuando no sabía quererme, después de aceptar la decepción profunda por quienes no estuvieron cuando necesité sostén, después de curarme las heridas y cicatrices que me rompieron, después de la culpa y de la vergüenza… después de todo este proceso, la semilla del amor propio crece con fuerza.

Ahora, cuando miro mi armario, siento que todas esas prendas negras ya no me representan, que los recuerdos borrosos de cuando pintaba las paredes de blanco pertenecen a otra yo. Tengo ganas de ponerle color a mis vestidos, a mi pelo, a mi casa.

No sé cuánto durará esta sensación de renacimiento, pero ahora mismo quiero impregnarlo todo de personalidad y de vida. Tengo ganas de usar colores saturados, de trabajar en la combinación de texturas, de que mi casa sea indiscutiblemente un hogar propio.

A veces lo único que sirve es dejar de ofrecer resistencia y ceder a la avalancha. Confiar en que, en algún momento, las cosas se pondrán en su sitio. No pasa nada por no estar bien, somos humanos. Creo que lo importante es qué hacemos con eso.

Si estás en un momento parecido, o estás en algún punto del proceso, recuerda que no hace falta tener todas las respuestas. No hace falta entenderlo todo ya.

Cada una de nosotras sigue un camino distinto para volver a casa y lo importante es andarlo.

Para muchas de nosotras poner palabras a lo que nos pasa y lanzarlo al mundo es algo catártico. Si con esto hago que alguien, en algún lugar, se sienta un poquito más comprendida y menos sola, habrá merecido la pena.

Tati Ayala

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