Con este episodio inauguramos la sección “Genias geniales”, en la que iré trayendo a diferentes artistas de la historia del arte y la literatura que, durante demasiados años, han sido relegadas al olvido y a los sótanos de los museos. Haré un repaso breve por su contexto histórico, su biografía y su obra, incluyendo curiosidades para que el recorrido sea ameno y didáctico, o al menos es lo que voy a intentar. Yo no soy historiadora del arte, soy ilustradora, pero investigar me apasiona y me encanta rascar en la historia, desmenuzar lo que aprendo y hacerlo accesible para que a cualquier persona le pueda picar el gusanillo.
Sé que genia no es una palabra oficial en español, pero me he permitido agarrar la palabra GENIO y feminizarla, porque en esta sección hablaré específicamente de ellas.
No sabía con qué artista empezar, y no porque la lista sea corta, así que al final he decidido hacerle un guiño a mi yo del pasado y comenzar con la primera mujer artista a la que investigué a fondo y a la que dibujé allá por 2020: Sofonisba Anguissola. Si queréis ver el retrato que hice de ella, lo tenéis en mi perfil de ilustración.
Para empezar a hablar de ella, tenemos que imaginarnos que estamos en pleno Renacimiento. Este movimiento cultural y artístico que ocupó los s.XV y s.XVI, nació en Italia y se expandió rápidamente por Europa, sirviendo de bisagra entre la Edad Media y la Edad Moderna.
Fue una época de importantes avances que, gracias a la reciente invención de la imprenta, pudieron difundirse rápidamente, recuperando textos antiguos de filosofía, ciencia y literatura. Empezó a haber un interés muy fuerte por el ser humano, el pensamiento, su capacidad creadora, etc
Los y las artistas, inspirándose en la Antigüedad Clásica, recuperaron los ideales de equilibrio y proporción y los plasmaron en los retratos, las esculturas y los edificios. ¿Os imagináis esas estatuas griegas y romanas de mármol, con figuras idealizadas, y esos edificios tan geométricos y armónicos? Pues ese era el referente para los y las artistas del Renacimiento.
La mayoría de los artistas solo podía sobrevivir gracias a mecenas ricos que pagaban sus obras y les daban prestigio. Se trata de una sociedad muy jerárquica, donde la riqueza y la fama eran patrimonio de la nobleza, la monarquía y la Iglesia.
En este contexto nació, en 1535, Sophonisba Anguissola en el seno de una familia de la baja nobleza italiana. Sabemos que su padre, Amilcare Anguissola, era un hombre abierto a las ideas humanistas y procuró que tanto ella como sus hermanas recibieran formación en pintura. Nuestra artista de hoy, se especializó en la pintura de retrato y autorretrato, y empezó a destacar desde muy joven, usando pinceladas finas y precisas.
La realidad es que su talento fue y sigue siendo incuestionable. Se dice que cuando ella tenía apenas 22 años, el pintor de la Capilla Sixtina Michelangelo Buonarroti, la retó a dibujar a un niño llorando y reconoció su destreza para captar las expresiones y emociones humanas. Esta capacidad es algo que distinguió al estilo de Anguissola frente a otros artistas de su tiempo.
Hay un cuadro de esa época titulado La partida de ajedrez, que ella firmó con una inscripción latina dentro de la pintura, en el que retrata a sus hermanas en medio de una partida y demuestra una enorme habilidad para captar el carácter y la psicología de cada una de ellas. Giorgio Vasari, que está considerado el primer gran historiador del arte occidental, escribió sobre esta obra:
«Digo haber visto este año en Cremona, en casa de su padre, y en un cuadro hecho con mucha diligencia, retratar a tres de sus hermanas en el acto de jugar al ajedrez, y con ellas a una anciana de la casa, con tanta diligencia y prontitud, que parecen vivas, y que no les falta más que la palabra».
Pese a vivir en una época en la que las mujeres tenían muy difícil acceso al mundo laboral y cultural, Anguisola en 1559 viajó a Madrid, invitada por el rey de España Felipe II. Oficialmente su papel era acompañar a la reina como dama de compañía (cargo que, por cierto, desempeñó durante más de diez años), pero su talento como pintora era tal, que fue reconocido y explotado en la corte, y aunque rara vez se le otorgó reconocimiento formal o libertad artística, realizó numerosos retratos de la familia real y de la nobleza.
De hecho, varios cuadros pintados por Sofonisba Anguissola fueron atribuidos durante siglos a otros artistas. Por ejemplo, hay un retrato muy reconocido de Felipe II que está expuesto en el Museo del Prado de Madrid, y que durante muchísimo tiempo se consideró erróeamente obra del pintor Juan Pantoja de la Cruz, quien sí fue el pintor oficial de la corte española en esa época.
Estos errores, además de deberse a los prejuicios de género, también ocurrieron porque muchas veces no se les permitía firmar sus propias obras, o porque alguien a posteriori había decidido ocultar su nombre para poder atribuir ese cuadro a otro artista hombre y que así aumentara su valor.
Durante su estancia en España también fue profesora de dibujo de la reina Isabel de Valois, y ya en su vejez, el pintor Anthony van Dyck la retrató y dejó constancia del enorme respeto y admiración que sentía por ella.
Como veis, Sofonisba Anguissola fue una artista muy reconocida y valorada en vida. Y aunque en la corte española no se le asignó un salario oficial como pintora (probablemente para no sentar precedentes ni despertar recelos), Felipe II le concedió una dote y una pensión encubierta que le permitieron vivir con dignidad.
La verdad es que fue una artista muy longeva, murió en 1625, con más de noventa años. No sé de cuánto sería la esperanza de vida media en ese momento, pero desde luego no era nada común llegar a esa edad, así que Sophonisba también fue excepcional en eso. Igual los cocidos y los callos madrileños tuvieron algo que ver.
Tati Ayala
